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Los orígenes del odio

 

Aparte de los habituales anatemas eclesiásticos oficiales contra el pueblo proclamado como asesino de Cristo, los cristianos medievales de la Península lbérica no fueron antijudíos en razón de creencia o por prurito racial. La mezcla de pueblos era demasiado obvia entre nuestros antepasados. Hubo eso sí, matanzas casi increíbles de judíos, saqueos de juderías y vejaciones y discriminaciones y, sin embargo no había cristiano que hiciera ascos por ponerse en manos de un medico hebreo, ni rey que no atendiera las predicciones astrológicas de un rabino cabalista, ni obispo o canónigo que tuviera reparo alguno en dejarse cortar y coser sotanas y sobrepellices por sastres judíos, ni párroco que necesitase fumigar con sahumerios benditos los cálices o los candelabros de altar labrados por orfebres de la aljama vecina.

Habría que pensar que, al menos en su origen, los odios al pueblo judío formaron parte de lo que podríamos llamar una desviación. Constantemente se daba la circunstancia, a lo largo de toda la Edad Media de que reyes, nobles y jerarcas de la Iglesia recibían de judíos acomodados el dinero que necesitaban bien para campañas militares o para gastos suntuarios. A cambio de ese dinero adelantado aquellos poderosos hebreos compraban el derecho a cobrar sus tributos y con su producto se resarcían -a menudo con ventajas- del capital previamente desembolsado. Pero esa ventaja económica llevaba consigo su parte negativa pues, para buena parte del pueblo, era el judío, y no el rey o el señor o el obispo, el que le cobraba los impuestos el que le estrujaba su escasa economia el que daba la cara y representaba -como hoy lo hace un inspector de Hacienda asalariado- el desagradable oficio del que los poderosos se habían librado tan limpiamente.

Hechos así contribuyeron en buena medida a crear una atmósfera de animadversión hacia el judío, atmósfera en la que ya no se discriminaban razones ni personas y todos, por el hecho de formar parte de la aljama, quedaban incriminados. Era evidente, por otra parte, la manifiesta prosperidad que llegaron a alcanzar numerosas familias judías, muy por encima de la que podían llegar a aspirar los estamentos acomodados de la sociedad cristiana urbana o rural. Según Baer, en la Castilla del siglo XIV, los judíos controlaban los dos tercios de los impuestos indirectos y de los derechos aduaneros tanto interiores como de fronteras y puertos. Y ya anteriormente en 1260 los prohombres de la judería de Monzón obtenían del rey Jaime I autorización para cobrar las deudas que la ciudad tenía contraídas con la Corona. En aquella ocasión, los vecinos cristianos amenazaron con arrasar la aljama hasta sus cimientos si el decreto real no se aplicaba a todo el territorio de la Corona de Aragón, y tuvieron que ser los caballeros del Temple los dueños del castillo defensor de la villa, los encargados de proteger en aquella ocasión a los judíos en peligro. No podía negarse, por supuesto que hubo muchos judíos que ejercieron la usura y que obtuvieron de ella pingües beneficios. Sin embargo, también tendríamos que recordar y no precisamente en su descargo, sino como simple puesta a punto de la ideología medieval que en el siglo XII se pusieron en vigor leyes muy estrictas que prohibian tajantemente el cobro de intereses en casos de préstamos entre cristianos. Lógicamente, tales medidas cortaban de raíz el motivo mismo que generalmente ampara al préstamo y ponían la usura en manos de los judíos, puesto que tampoco los musulmanes mudéjares el otro núcleo de población no cristiana en la España medieval podía ejercerla toda vez que permanecieron siempre en un estado de indigencia que les habría impedido escapar si quiera a su condición de esclavos o de simples siervos campesinos mal asalariados.

Si a esto añadimos que soberanos como Jaime I o FernandoIII llegaron a fijar mediante leyes el tipo de interés que podian tomar los judíos sobre los préstamos que realizaran el veinte por ciento en 1228 según normas de la Corona de Aragón, nos daremos cuenta de que, en buena parte, el ejercicio de la usura era una práctica casi oficialmente fomentada, lo mismo que puede serlo hoy mismo por parte de las entidades bancarias o similares. Dejar caer de modo exclusivo la culpa de la usura sobre los judios era y sigue siendo, por parte de muchos historiadores de prestigio una especie de esquema mental preconcebido que, en buena parte, coincide con el que sirvió y todavía sirve para la manipulación de diversos fenómenos históricos: el mismo esquema que, en su momento, constituyó el caldo de cultivo más inmediato e idóneo para fomentar el deporte de la caza del hebreo, ejercido a la par por el pueblo y por las autoridades eclesiásticas.

Bastaria recordar aparte las grandes matanzas de sobra conocidas, que, en muchas ciudades españolas y en la misma Toledo el Viernes Santo era un dia en el que, tradicionalmente, el pueblo se en tregaba a la diversión de apedrear las calles y las ventanas del barrio judío; que, en 1268, el rey Jaime I de Aragón tuvo que prohibir que esta misma costumbre siguiera ejerciéndose en la ciudad valenciana de Xátiva; que en Gerona, y siempre por esas fechas señaladas de la Semana Santa, los clérigos catedralicios practicaban la costumbre de subirse a las torres del templo, que dominaban el recinto del call y, desde ellas, apedreaban sus casas y a sus gentes, propiciando unas prácticas que, poco después, se convertirian en ejercicio corriente del pueblo y en matanzas que, como las iniciadas en Sevilla en 1391, diezmarian la población israelita de la Peninsula y condicionarian las amenazadoras campañas de conversión masiva llevadas a cabo por todo el ámbito peninsular por el dominico Vicente Ferrer, luego santo, a principios del siglo XV.

 

Caminos de Sefarad. Guía judía de España. Juan G. Atienza. Ediciones Robinbook. Barcelona 1994.

 

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