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Los judíos de España. A modo de conclusión.

 
María Antonia Bel Bravo

 

Las catástrofes del año 70 y del 135 d.C. terminaron efectivamente con la historia del Estado judío en la antigüedad. Hubo dos consecuencias inmediatas de gran importancia histórica. La primera fue la separación definitiva del judaísmo y el cristianismo. La segunda consecuencia, el fracaso definitivo del judaísmo oficial, que fue un profundo cambio en el carácter y el alcance de las actividades judías.

A partir del 70 d.C. y más aún después del 135 d.C. el judaísmo cesó de ser una religión nacional en cualquiera de los sentidos físicos y visibles, y los judíos se vieron expatriados. Uno de sus destinos fue la Península Ibérica.

En ella se convirtió en problema casi desde su llegada, aunque las tensiones con los judíos no fueron exclusivas de España. Ni la actitud que toman la Iglesia y el Estado visigodo contra los judíos difiere mucho de lo hecho en otras partes. La actitud seguida por los monarcas y por los obispos de España con respecto a los judíos en los primeros siglos, no desentona del ambiente general europeo de aquel entonces tanto en lo político como en lo religioso. En todos los países encontramos aplicada la violencia hasta en sus máximos grados: reyes que urgen la elección entre el bautismo o la muerte, o entre conversión o destierro, y obispos que dificultan a los hebreos la vida para que el castigo les conduzca a la Iglesia o que les prometen ciertas ventajas si aceptan el bautismo. La diferencia con el caso de España descansa, fundamentalmente, en la continuidad de las medidas adoptadas, explicable por la misma continuidad del sistema político y la función de la Iglesia dentro del mismo. Una nota que pone a los católicos españoles por encima de los otros países en esta materia, es la elaboración de un brillante conjunto de escritos polémicos, de los que puede decirse por completo ausente todo fanatismo, sea de origen racial, sea de origen religioso.

En la actualidad, y con toda razón, se puede poner muchos reparos a toda la legislación antijudía y al fin que se proponía, que era coaccionar a los judíos para que se convirtieran al catolicismo. Los legisladores estaban convencidos de que era lícito emplear esos métodos para lograr el fin deseado. Entonces no se pensaba siquiera en la libertad y tolerancia religiosa. Desgraciadamente la idea de San Isidoro de intentar su conversión sólo con la razón y la predicación no excluyó el empleo de esos medios coactivos. El mismo empeño que los cristianos pusieron en convertirlos, pusieron los judíos en defender y conservar sus creencias y ceremonias. Fracasaron en su intento las leyes, la predicación y los escritos teológicos antijudíos, en los que los escritores visigodos intentaron convencerles de su error con argumentos teológicos, históricos y escriturísticos.

Las monarquías cristianas que, desde mediados del siglo X, reciben la herencia del Califato Omeya, asumirán la coexistencia cristiano-hebrea-islámica. Como la sociedad española reconquistadora estaba mal dotada, técnica y científicamente, su convivencia con los judíos se hizo, en las primeras etapas, mucho más viva. Los financieros, médicos y viticultores fueron preferentemente judíos. Raimundo de Salvetat, arzobispo de Toledo, y Alfonso X el Sabio, un siglo más tarde, entendieron que, para progresar, necesitaban reunir sabios de las tres religiones; tal es la raíz de la llamada Escuela de Traductores, en realidad un centro de investigación sumamente beneficioso para Europa. La comunidad judía de Castilla, cuya presencia en Toledo fue muy elevada en el siglo XII, contribuyó decisivamente al encuentro entre el pensamiento griego trasmitido por los árabes y el pensamiento cristiano. Los judíos actuaban como traductores al castellano de textos árabes, para que clérigos cultos lo vertieran después al latín. La experiencia no sólo enriqueció al cristianismo, sino también al pensamiento judío, que, de estar influido fundamentalmente por el platonismo, comenzó a valorar en gran medida el aristotelismo, como en el caso de Maimónides. Alfonso VII llegó a esgrimir, como timbre de gloria, un título de "emperador de las tres religiones", era frecuente que, al llegar un monarca a una ciudad, fuese recibido también por los judíos, que llevaban procesionalmente rollos de la Torah. ¿Cómo se tradujo esto en términos de doctrina y de práctica jurídicas? En los siglos XII y XIII las tres creencias se convirtieron en integradoras de otras tantas comunidades que habitaban en el mismo suelo; cada una de ellas aparecía dotada de tradiciones, lengua literaria, costumbres y derecho peculiares. En los textos medievales, y en especial en los Ordenamientos promulgados por las Cortes castellanas, al referirse a ellas, se habla de su Ley. Cada comunidad sigue su Ley, pero vive dentro de un territorio cuyo soberano pertenece a una, la cual detenta una absoluta legitimidad que niega a las otras dos.

Coexistencia no significó en ningún momento igualdad; sólo tolerancia.

Los investigadores actuales han comenzado a reconocer en la convivencia de las tres confesiones religiosas el signo peculiar más importante de nuestra Edad Media. Tenían en común: la herencia espiritual de Abraham, el origen geográfico oriental y la creencia en un Dios, personal, trascendente y único, que se ha revelado a los hombres.

Cristianos, musulmanes y judíos, aún combatiéndose recíprocamente, se influyeron entre sí con intensidad tal que resulta muy difícil separar las aportaciones de cada sector al común patrimonio de la cultura española; todos pretendían, sin embargo, conservar su identidad, manteniéndola en estado de pureza. Por eso nunca llegó a declararse deseable la convivencia; a lo sumo se decía que era útil. Ante las Cortes insistirán los reyes, una y otra vez, que servía para conducir lentamente a los judíos a su destino final, el reconocimiento de Jesucristo como verdadero Mesías.

Se han barajado muchísimas teorías -algunas de las cuáles ya hemos reflejado- para explicar el Decreto de Expulsión, que abarcan desde las puramente religiosas a las políticas, pasando por las sociales, económicas, etc. Se trata de argumentaciones sólidas en su mayoría, pero insuficientes a mi modo de ver porque no hay reflexión sobre el decreto en sí mismo. Y la historia completa es un concepto justo del hecho histórico. Se trata de un decreto paradójico por varias razones. Una, y no la menos significativa precisamente, es que se promulga en nombre de la fe pero lleva tras de sí una importante carga política. Es una decisión política, pues su factura es inquisitorial, lo cual equivale a decir política: la Inquisición Moderna española es un órgano del Estado, forma parte de la polisinodia característica del período. El mismo Fernando admite en una carta, que es la Inquisición la que le ha empujado a firmar el Edicto de Expulsión. Y ¿por qué -nos podemos preguntar- una interrupción tan brusca en el proceso catequético iniciado a principios de siglo? Se ha hablado de continuidad en la política que genera la Expulsión. ¿Dónde está la continuidad? Continuar con lo anterior hubiera equivalido a continuar con la conversión o con el intento de conversión. Por otra parte se ha dicho que es una decisión medieval. Pienso, por el contrario, que la Expulsión de los judíos del suelo español no es medieval, sino que es una decisión "moderna", es la "razón de estado" la que lleva a la expulsión, la unidad del estado es la que la pide. Una "razón de estado" que desvincula totalmente Ética y Política.

La expulsión se hace en nombre de la fe, pero de la de unos pocos (los conversos) y se abdica de la posibilidad de la de otros pocos (los judíos). Por la fe de unos se renuncia a la fe de otros: esto es moderno, no medieval. La expulsión, por tanto, bloqueó la posibilidad de la conversión. De la misma manera que el marranismo moribundo en España tomó nueva vida con la Inquisición, la expulsión también contribuyó a fomentarlo. El ejemplo y desventuras de sus hermanos de raza influyó, ¿qué duda cabe?, en sus ánimos para que se cuestionaran la conversión aún más. De no ser así, ¿cómo se explica que cien años más tarde se descubriera en Granada "una gran mina de gente que judaizaba"? La expulsión se produce en el momento en que más hispanizados estaban los hebreos españoles, más cercanos a los monarcas. Es ahí donde hay que buscar las raíces de hechos tan insólitos como la conservación por los sefardíes, durante cinco siglos, de su lengua hispánica, de su organización y costumbres propias, y de tantas y tantas cosas más. Este fenómeno (el sefardismo), como ya hemos señalado en varias ocasiones, no tiene paralelo entre los grupos expulsados de ningún otro país del mundo.

Por otra parte, la existencia de los conversos en la España posterior a la Expulsión, más aún que la de los propios judíos en épocas anteriores, envenenó la vida española durante siglos y constituye uno de los rasgos más significativos de nuestra historia durante toda la Edad Moderna: exactamente desde fines del siglo XIV a comienzos del XIX, como señalaba Domínguez Ortiz hace ya años. Pero se engañaría quien pensara que todos los conversos eran falsos y, por tanto, judaizantes. Muchos se convirtieron con sinceridad, y si no hubo total claridad en su propia conversión, a la vuelta de dos o tres generaciones sus descendientes ya eran católicos fieles, dejando en algunas ocasiones una huella imborrable en la vida político-cultural española de la Edad Moderna. Las famosas informaciones de Limpieza de Sangre, fueron las responsables del clima de desconfianza latente en la sociedad española de la época, y dificultaron -si no impidieron- que muchas y buenas cabezas contribuyeran al desarrollo social, político, económico y cultural de este país.

Como consecuencia de la Expulsión, surgieron zonas de colonización sefardí en las partes más diversas del Globo, y algunas se convirtieron en focos de civilización hispanojudíos. El período colonial en la historia del hemisferio occidental fue, por lo tanto, en la historia judía, una época de hegemonía sefardí en todo el continente americano, como lo estaba siendo en gran parte de Europa occidental.

En España, como hemos señalado mas arriba, después de varios siglos en que se ignoró el tema de los sefardíes, afloró a la superficie en el siglo XIX cuando se extendió una mayor sensibilidad nacional, introducida por los partidos liberales, así como por algunas personalidades de esa misma tendencia, identificados ambos -partidos y personas concretas- con todo lo que hiciera referencia al hombre y la defensa de sus derechos. Una de estas personalidades fue A. Pulido, quien en 1905 publicó su obra clave, Españoles sin patria y la raza sefardí, un estudio exhaustivo de los sefardíes dispersos por el mundo, confeccionado con la correspondencia que recibió desde diferentes partes de Europa, Asia y África, suscrita por sefardíes admiradores de la campaña que estaba promocionando a favor del acercamiento de España y los sefardíes.

En 1992 se cumplieron quinientos años desde que los Reyes Católicos, persiguiendo la unidad de su pueblo, decidieran erradicar el judaísmo de los territorios hispánicos. Hoy la unidad sigue siendo una gran meta, qué duda cabe, pero ni se entiende por ella uniformidad ni se procura con los mismos medios que entonces. Se han dado muchos pasos en este sentido, y uno de los más recientes y significativos ha sido la concesión del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 1990 a las Comunidades Sefardíes dispersas por todo el mundo, "parte entrañable de la gran familia hispánica, que salieron de la Península Ibérica hace quinientos años con las llaves de sus casas en las manos. Lejos de Su tierra, los sefardíes se convirtieron en una España itinerante, que ha conservado con inigualable celo el legado cultural y lingüístico de sus antepasados. Después de cinco siglos de alejamiento, este Premio quiere contribuir al proceso de concordia ya iniciado, que convoca a esas comunidades al reencuentro con sus orígenes, abriéndoles para siempre las puertas de su antiguo país" (Texto del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia, 1990). Este reconocimiento constituyó un brillante prólogo a las conmemoraciones de 1992 y, en definitiva, al futuro de las relaciones Sefarad-Sefardíes, que han de responder siempre a esa identidad de España, vasta y plural, abierta a todos.

Cuando se aproxima un nuevo siglo, que ha de ser necesariamente superador de los antagonismos de nuestro país puede ser sin duda muy enriquecedora.

 

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